
Partitura de una especie única.
Las cabezas de Carlos y Jorge están muy juntas. Mientras una hace un esfuerzo sobrehumano para encontrar la palabra justa, la otra intenta completarla con el ritmo acorde, la melodía precisa, la nota final, perdidos en medio de una maraña de rulos claros. Más allá, Marcos gesticula con un libreto en la mano, intentando seguir la secuencia de un discurso que parece irremediablemente ilegible entre borrones y tachaduras. Se supone, a simple vista, que está en castellano. A su derecha, otro Carlos -"el Loco"- busca el pedazo de goma que necesita para terminar de fabricar otro desopilante artefacto, que luego llamarán, y con razón, instrumento musical. Cuando por fin lo descubrió, tuvo que gatear hasta los pies de Daniel, que lo había arrastrado junto con otros papeles, boletas y facturas con números de CUIT hasta su oficina. Aunque parezca increíble, un denso silencio los envuelve, como si de verdad estuvieran concentrados.
No son cinco locos sacados de una novela de Kafka, ni siquiera han ilustrado alguna vez las páginas policiales de los diarios. Uno los mira y se regocija. Dan ganas de cerrar la puerta y dejarlos en paz, y hasta de colgar en ella un cartel que diga: "Silencio. Ensayo".
Hasta
ahí está todo bien. Pero yo, que los conozco desde que eran "así de
chiquititos", puedo asegurar que esa calma es sólo temporal. Es la paz
que precede a la guerra. La brisa que anuncia la sudestada. Días después, con
suerte en pocos meses, los cinco se reunirán en la misma sala, pero en ella ya
no habrá un ambiente sobrecogedor ni reconcentrados silencios. Ahí
descubrirán, casi con seguridad, que las cabezas del tándem Maronna -
López Puccio no encontraron ni la palabra precisa ni la melodía final, que
Mundstock ensayó justo la frase que no iba y que el instrumento de Núñez
Cortés lleva PVC en vez de goma. Sólo Rabinovich cederá a la
tentación de no mostrar balances para sumarse a la crítica general. Entonces
sí dan ganas de cerrar la puerta y, esta vez, sellarla con un cartel que diga: "Peligro.
Zona turbulenta".
Ninguno de los cinco se imagina que yo estoy siempre en el medio. Cuando ensayan, cuando actúan, cuando pelean y cuando viajan. Incluso, más de una vez, acompañé a alguno hasta su propia casa. Si se esforzaran un poco, seguramente me verían, como una especie de sombra de cabellos rubios y ondulados, moreno y con bigotes, desgarbado, no muy flaco y con un aire de "bicho raro" que a ellos les resultará familiar. No soy un pibe (tengo apenas veintisiete años), pero ellos saben mejor que nadie que no es poco tiempo. Nací un 4 de Septiembre de 1967 y mi infancia fue pobre; aunque después la suerte estuvo de mi lado. No tengo una personalidad definida. Tengo cinco. Por eso puedo quedarme estupefacto frente al mar y al minuto siguiente jugar un "picadito" en la plaza. O sonrojarme cuando me visitan extraños o recibirlos con una pose de tai-chi-chuán. Puedo gritar y quedarme mudo como una estatua a la vez. Deprimirme y saltar de alegría. Pasarme tardes enteras componiendo una canción o estudiar un nuevo texto publicitario. Ellos me hicieron así, mal que les pese. Soy su creación. En una palabra, soy el espíritu de Les Luthiers.
Soy un poco de la "gitana Azucena", la misma a la que contrataron para que lavara la ropa, leyera las manos y tirara las cartas, y la tuvieron que despedir porque tiraba la ropa, leía las cartas y después se lavaba las manos.
O del gaucho "Eleuterio Manzano", hombre reservado y taciturno, del que nunca nadie supo si estaba triste o alegre, si estaba con los federales o los unitarios..., si estaba o no estaba. Era hombre de pocas palabras: "cuchillo", "vino", "moneda", "venga, mi negra"... jamás olvidaba sus promesas y a veces hasta llegó a cumplirlas.
O aquellos "quince jinetes" que en una noche de alcohol escribieron
esta estrofa: Algunos hasta confunden/ el
vino y la mujer bella/ llevan su amada a los labios/ y se acuestan con la
botella. O la del padre del pobre músico de jazz Timothy Curtis, que había
sido educado bajo normas tradicionales y austeras, vivía obsesionado por
resguardar de influencias inmorales su hogar. Por eso se pasaba largas
temporadas ausente del mismo. Pero siempre volvía, borracho y arrepentido, y le
decía: "Hijo, recuperemos el tiempo perdido..." y comenzaba a
azotarlo.
Será por eso que bucear en mi pasado es complicado. Puedo decir, sí, que empecé a gestarme en las manos de un hombre apodado cariñosamente "el Flaco", de profesión arquitecto y músico de vocación. La Iglesia lo reconoció como uno de sus más puros feligreses desde el día en qué, en una doble ceremonia (bautismo y casamiento), sorprendió al sacerdote rezándole el padrenuestro y el avemaría en perfecto latín. Lo que el cura no sabía -y por eso su alegría- era que las dos oraciones formaban parte del repertorio del coro de la Facultad de Ingeniería, su verdadero paraíso terrenal. Este hombre formó un hogar junto a Magdalena y sus dos hijos, y fue el "tutor" de otro, el "alma máter" de una incipiente aventura que el tiempo, los éxitos y la experiencia transformarían en una sólida empresa. Su carácter tímido, su aspecto desgarbado y su costumbre de hablar bajito, con un hilo de voz -exactamente lo opuesto a cualquier persona que cumple una función de liderazgo- no fueron obstáculos para aglutínar al resto del grupo a su alrededor. Mi "creador" se llamaba Gerardo Masana y una leucemia impiadosa le arrebató la vida cuando apenas tenía treinta y seis años, abandonando un montón de instrumentos musicales que él mismo había inventado, con algo de imaginación y mucho de talento, centenares de melodías improvisadas y un camino abierto para que los seis integrantes de Les Luthiers lo recorrieran por su cuenta. Igual que la música, lloraron la muerte de Masana su mujer, sus dos hijos, un monstruoso pez-batracio llamado "Axolotl", que sembraba pavor desde el acuario de su casa y que él se empecinaba en retener con el imbatible argumento de que era muy "guardián".
No fue nada fácil superar su muerte. Recuerdo que la ausencia de Gerardo se transformó en un vacío inmenso y, en ese vacío, cundió el desconcierto. Sus seis compañeros de escena intentaron apoyarse en lo que habían aprendido al lado de Gerardo, pero sintieron que con eso no bastaba. Se plantearon la idea de abandonar todo, de probar con otra cosa, de rendirse ante la crueldad de la muerte. Pero quizás el mismo Gerardo los impulsó a seguir adelante. Y ellos le obedecieron, se armaron de valor y continuaron con su temporada teatral, mientras "puertas adentro" se refugiaban en el Doctor Fernando Ulloa, experto en psicología institucional. El no sólo apuntaló al grupo sino que escuchó todos sus problemas y tribulaciones durante veinte largos años.
Los
instrumentos, huérfanos de padre, cayeron bajo el amparo de Carlos Iraldi,
que desde entonces arma y desarma, pone notas musicales en los tubos de
ferrocarril y hace acordes fantásticos en la Marimba de Cocos. Desde
entonces, él es el luthier de Les Luthiers. En 1973 actuaron en el Lasalle,
y les fue bien. Pero no fue cosa de soplar y hacer botellas. Me acuerdo
de que, en los primeros tiempos, la plata no alcanzaba para nada, ni siquiera
para alquilar un ómnibus que le llevara los instrumentos. Estos tenían que
conformarse con el viejo Renault 4 de Carlos Núñez, que soportó con valentía
y resignación el peso con el que, impiadosamente, su dueño lo doblegaba. Los
actores de escena, los mismos que hoy lucen smoking y zapatos bien lustrados,
los mismos que recibieron los aplausos de más de cuatro millones de personas a
lo largo de estos 27 años, se turnaban para espiar, desde la puerta de un bar,
a los potenciales "clientes" de su espectáculo. Su primer público
rara vez superó los trescientos espectadores.
Desde su estreno en el Instituto Di Tella con Les Luthiers cuentan la ópera, pasando por Blancanieves y los siete pecados capitales, hasta la irrupción de Johann Sebastian Mastropiero, habían cambiado muchas cosas. Gerardo Masana había hecho del grupo algo más que una distracción, fue virtualmente el "leitmotiv" de su vida. De a poco los demás fueron imitándolo. A la muerte de mi creador, prácticamente todos habían abandonado sus estudios, proyectos y ambiciones para unirse definitivamente a la música y al humor. Si no llegaban a "parar la olla", por lo menos podrían dar rienda suelta a tanta imaginación contenida.
En realidad, la primer apuesta fuerte tuvieron que hacerla en 1967, cuando una violenta discución terminó con I Musicisti, un grupo musical que aglutinaba a más de diez personas (casi todos jóvenes universitarios de la Facultad de Ingeniería de La Plata) y que dejó plantada una semilla en el mundo del arte. I Musicisti ya había recogido aplausos en cincuenta y siete presentaciones distintas; casi todas en el Di Tella, ese reducto intelectual de los porteños "sesentistas".
Su humor era mordaz. Su espíritu también. Al término de una función pasó lo que a esa altura era un mal inevitable: la pelea por la plata. Fue una discusión tensa, por momentos agunstiante y que desconoció por completo el significado de la palabra "sutileza".
A
Gerardo le pareció inútil seguir discutiendo: se puso de pie y anuló todos
los argumentos al anunciar que se retiraría de I Musicisti. Junto con él
se irían todo los instumentos de su creación. Su renuncia tuvo enseguida el
carácter de indeclinable. Una cuerda se tensó más aún cuando Marcos
Mundstock, el melenudo locutor, presentados y adláter fiel de Masana, miró
a sus compañeros y dijo que se iba con él. No tardó en sumarse Daniel
Rabinovich, que no sólo cantaba e interpretaba instrumentos sino que era el
encargado de administrar al conjunto. Casi en silencio, la decisión de Masana
arrastró a Jorge Maronna, quién terminó de completar el cuadro de los
"desertores". I Musicisti continuó con Jorge Schussheim a la cabeza,
y cinco integrantes más, entre los que se destacaba uno, alguien que por llegar
tarde esa noche se mantuvo ajeno a la discución anterior y que daba la
sensación de estar atornillado a la silla. Tenía una mezcla de desconcierto y
de dolor en la cara, con el "corazón roto", como él mismo confesó.
Se trataba de Carlos Núñez Cortés. Un año y medio después, y luego
de fracasados intentos de unir al grupo, se sumaría a Les Luthiers,
convertido en una especie de hijo pródigo que vuelve a la casa paterna. Los
demás lo recibieron como el padre de la parábola, sólo que en vez de
organizarle un festín, lo invitaron a sumarse a la lucha cotidiana del
incipiente grupo.
Los cuatro "desertores" dejaron de reírse de su propia broma. El Festival Universitario de Coros los había reunido para improvisar melodías y descansar escuchando buena música. Sorprendían a todos con sus ocurrencias, que sin querer los iban alejando más del estudio y los acercaba a un punto común, del que ya no se despegarían más. La "Cantata Modatón", opus "no debe ser utilizada en casos de náuseas" fue el primer éxito rotundo de este incipiente grupo, que no sólo sorprendió por la extravagacia de sus instrumentos sino que logró quebrar la férrea seriedad del Jockey Club de Tucumán. El primer paso estaba dado.
La separación de I Musicisti abriría un nuevo camino, pero estaban tan entusiasmados como la primera vez. El magnate de la otrora poderosa Editorial Abril y un selecto grupo de invitados escucharon la "Mattinata", de Leoncavallo y "El polen ya se esparce por el aire", "Chacarera del ácido lisérgico" y "Calypso de Aruímedes", las tres de su propia autoría.
Deambularon otra vez por el Di Tella, recorrieron los caminos del café-concierto en La Cebolla y dieron un triple salto mortal cuando se presentaron, por primera vez, en Mar del Plata. En ese momento el grupo recibió a un nuevo miembro, Carlos López Puccio, que aportaría no sólo su sólida formación musical sino también el perfil ideal para dar vida a muchos de sus personajes.
Cuando ya el grupo parecía cerrarse en un círculo perfecto, Marcos les pidió a sus compañeros una especie de año sabático, el cual dedicaria a reflexionar sobre su azarosa vida, que hasta ese momento parecía navegar sin rumbo y que reclamaba una urgente pausa temporal. Así fue como aterrizó otro arquitecto con raro talento para el jazz que durante los próximos quince años sería un Luthier: Ernesto Acher.
A pesar de que su crecimiento profesional fue abrupto, la posibilidad de vivir de sus creaciones todavía era una quimera. Les Luthiers era más que un pasatiempo, pero no una forma de ganarse el pan de cada día. Así que Masana continuó con su estudio de arquitectura, Mundstock con la locución (ya había capitulado en sus esfuerzos por ser ingeniero) y Rabinovich con su flamante profesión de escribano. Núñez se había internado en la creación de fármacos para un laboratorio, Maronna acompañaba con su guitarra a músicos más "rentables" y Puccio se ganaba la vida como director de orquestas y coros, actividad que aún profesa con voluntad infranqueable.
Pero
yo, con la fuerza de un imán, los atraía al lugar prometido. En 1974 -ya
con Marcos en pleno ejercicio de sus funciones-, hicieron su primera gira por el
mundo, dispuestos a descubrir y rebatir, si era necesario, la tésis de Cristóbal
Colón. Por supuesto, no llegaron a comprobar que la Tierra venía de un
huevo, pero las quince mil personas que los aplaudieron de pie en Madrid, Las
Palmas y Barcelona los dejaron más que conformes.
Después de un mes y medio, volvieron a su país natal, tratando de ocultar su euforia tras los ojos cansados, pero dispuestos a no dar el brazo a torcer. Primero en el Lasalle, después en el Odeón y finalmente en el Coliseo, un teatro que, vacío, asustaba con 1.757 butacas expectantes y que ellos se empecinaron en rellenar desde la primera noche. Su espectáculo, originalmente titulado "Les Luthiers, Recital '74", arrastró a una multidud que difícilmente despegaría de sus talones en los próximos veinte años.
Aunque a simple vista parecía que la vida les sonreía, por dentro se desnudaban secretos de convivencia que, en algunos casos, se ocultaba al público y, en otros, se sugerían como sutiles argumentos de obras. Las discuciones, sobre todo por el temperamento crítico, puntilloso y analítico de los seis Luthiers, a veces se tornaban inescrupulosamente peligrosas. Más de una vez uno de ellos tiró a la basura su propia creación alegando que no era apta para consumo humano, pero con la misma autoridad criticaba la de sus compañeros. Otros optaban por el sordo rencor, el que se diluía en la antesala de una nueva pelea. Los seis, sin excepción, tuvieron su momento de duda y rebeldía, la fantasia de largar todo por la borda y dejar de discutir argumentos tan subjetivos como la música misma.
Pero en esos momentos yo me transformaba especialmente en una suerte de especie protectora. Su enojo iba cediendo, el psicoterapeuta ponía paños fríos al afiebrado carácter de mis tutores y la fecha del estreno se asomaba como un afortunado cómplice que sepultaría, por tiempo determinado, las ansias irrefrenables de "largar todo y poner un quiosquito".
Como todos los matrimonios, las crisis se superan en base a la tolerancia y el respeto mutuo. Cuando las piezas no encajan en el lugar indicado, es mejor empezar de nuevo antes que forzar la situación. Por eso, después de un año de charlas, cavilaciones y dudas compartidas, Ernesto Acher decidió desvincularse de Les Luthiers y no luchar contra la corriente, que ya parecía irremediablemente sin retorno.
Una de sus últimas presentaciones fuen en el Teatro Colón, el 11 de Agosto de 1986, una función que todos recuerdan como mucho cariño e indisimulable orgullo, que pegó fuerte no sólo en el grupo sino también en cada uno de sus integrantes. Fue un sueño hecho realidad, una experiencia que todos califican como "inolvidable".
Tampoco Chiche Aisemberg, gerente asociado de Les Luthiers, pudo acomodarse definitivamente al ritmo del grupo.
Reconozco que no es fácil vivir con tanto talento junto. A diferencia del país que les tocó en suerte, ellos nacieron y crecieron en absoluta democracia, y aunque eso les permitió estirar hasta el máximo las potencialidades de cada uno, no es menos cierto que los separó más de una vez la crítica feroz y el análisis desprejuiciado, que sólo los años y la voluntad lograron atemperar en parte. El exceso de trabajo y las ausencias prolongadas empezaron a hacer efecto en la paz hogareña de cada uno de ellos, que no sólo se vió alterada sino, en algunos casos, irremediablemente perdida. Se dieron cuenta de lo que sucedía cuando una noche, al subir el telón del Coliseo, encontraron a sus propias viudas, todas ellas de riguroso luto y ataviadas con velos, tejiendo como Penélope mientras sus escépticos maridos actuaban -con desconcierto y culpa- sobre el escenario.
Y los años se les vinieron encima. El grupo festejó sus veinte temporadas teatrales con un espectáculo que bautizaron Viegésimo aniversario. El profeta de engañifas Warren Sánchez, el celoso e impertinente luminotécnico Francisco García y el terrible dictador de Banania fueron algunos de sus personajes. Muchas parejas habían sellado su noviazgo a la salida de una función Luthieriana y ahora se acomodaban, con sus hijos adolescentes, con la ilusión de recrear el pasado por unas horas. Pero muchas cosas habían cambiado. Decenas de instrumentos, más de tres mil funciones, ciento veintiocho canciones y veintidós espectáculos formaban parte de su bagaje. A él debían agregarse las úlceras, brazos escayolados, tendones partidos, depresiones crónicas, rubéolas, hepatitis y otras pestes minúsculas que con precisión de relojería fueron afectando a los artistas. No tienen recetas para explicar su éxito, ni siquiera ellos mismos entienden cómo han llegado hasta aquí. Las tribulaciones nunca pudieron despegarlos del lugar que tanto trabajo les costó conseguir.
Aunque no todo fue por su voluntad propia. Ajeno a ellos, quizás sin saberlo, en la solemnidad de un ensayo, en la pelea que edifica, en la gloriosa hora de los aplausos, siempre hay alguien más que está presente en medio de ellos. Como si fuera un personaje de ficción pero que cobra imagen en la agudeza de su ingenio, ya está instalado no sólo en ellos sino en algún rincón de sus fieles seguidores. Deambula y recorre sus vidas, pero los empuja siempre hacia adelante. Junto al Bolero de Mastropiero, La chacarera de Santiago, Warren Sánchez, del "yerbomatófono d'amore", la Guitarra dulce y la Marimba de cocos, estoy yo. El espíritu de Les Luthiers.