El gran aprendizaje...


Tengo 61 años. Nací y vivo en Buenos Aires. Estoy casado con una médico llamada Virginia y tengo dos hijos, Leonardo, de 21 años, y Natali, de 19. Soy licenciado en Químicas, concertista de piano y compositor. Soy correcto, o sea de izquierdas, y ateo recalcitrante. Actuamos en el Barcelona Teatre Musical hasta el domingo
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-    ¿Por qué química?

-    Un clarísimo caso de vocación temprana.

-    ¿Qué tienen que ver la química y la música?

-    Nada, absolutamente nada.

-    Entonces, ¿qué pasó por el camino?

-    A mí por el camino me han atrapado un montón de cosas, la lista es amplia, por ejemplo, tengo una colección de 4.000 caracoles marinos. Los estudio, los clasifico e incluso he escrito un libro sobre ellos.

-    Pues cuénteme algo sobre los caracoles.

-    ¿Sorprendente?

-    Tierno.

-    De acuerdo: los caracoles en lugar de tener el esqueleto por dentro lo tienen por fuera y además lo han vestido de hermosos colores y formas, ¿para qué?

-    ¿...?

-    Para seducirse a sí mismos, porque muchos viven enterrados en el cieno o a profundidades a las que ni siquiera llega la luz.

-    ¿En qué nos parecemos a los moluscos?

-    Todos nos enamoramos. Hay caracoles bisexuales, hermafroditas y con fertilización cruzada, es decir, que cuando se aparean cumplen ambas funciones... ¡Placer doble!

-    Más aficiones...

-    Me gustan los acertijos matemáticos y he colaborado durante muchos años en distintas revistas realizando juegos de mente.

-    ¿Y desde cuándo el piano?

-    Desde que tengo uso de razón. Tocaba en casa de un compañerito que tenía un piano. Él me invitaba a jugar pero yo me sentaba a tocar. Un día mis viejos descubrieron en una reunión social que yo sabía tocar, tenía siete años, y me llevaron al conservatorio. Llegué a dar conciertos muy serios...

-    ¿Ejerció como químico?

-    Sí, cuando me doctoré estuve trabajando durante un tiempo en endocrinología y dividía mi tiempo entre Les Luthiers y lo que se suponía que iba a ser la profesión de mi vida. Aquella orquesta de estudiantes era un juego total, un refugio para hacer diabluras.

-    ¿Y todos los Luthiers son tan curiosos como usted?

-    En los años sesenta Buenos Aires estaba lleno de corales universitarias. Nosotros no compartíamos universidad pero sí una manera de ver el mundo con mucho humor. Nos presentamos a un festival de coros con “La Cantata Laxatón”. Una cantata barroca seriamente interpretada, pero cuyo texto estaba tomado del prospecto de un laxante.

-    ¿Cuándo empezaron a tomarse en serio?

-    Hubo seriedad y entusiasmo desde el primer día. Poníamos toda la libido. Conseguir que nuestros estrambóticos instrumentos suenen como lo hacen requiere muchos talentos. Todos nos habíamos preparado para realizar otras profesiones, pero Les Luthiers nos invadió y se convirtió en nuestra vida.

-    ¿Cuándo empezaron a pelearse?

-    Desde el primer día, y la última discusión fue anoche, es inevitable, pero hemos aprendido a pelear mejor.

-    ¿Cómo?

-    Tenemos una ley no escrita que dice que cada uno puede traer cualquier delirio, porque ya sabemos que no va a ser un delirio absurdo, y le damos todas las posibilidades.La dinámica siempre es aluvional: la idea la trae uno y después todos los demás vamos aportando cosas para hacerla crecer.

-    Ha debido aprender mucho a lo largo de estos años.

-    Mi gran aprendizaje ha sido escuchar al otro, reconocer lo diferente que es la persona que tienes enfrente y lo mucho que te puede enriquecer esa otra mirada y sensibilidad.

-    ¿Enriquecer o irritar?

-    También aprendí del grupo a no ser tan rígido en mis convicciones, porque a mí siempre me han endilgado justamente eso.

-    ¿Resistencia al cambio?

-    Exacto, y en un grupo en el que estamos continuamente inventando eso es terrible.

-    Ha desarrollado usted una buena adaptación al medio, como sus caracoles.

-    No sabe hasta qué punto. Le contaré una anécdota que trata sobre eso: yo siempre he tenido perro y hace unos años tenía una setter, “Shiri”, una compañera total, entre otras cosas porque yo me había divorciado.

-    ¿Le acompañaba al teatro?

-    Sí, se quedaba en el camerino junto a mis zapatos. Sabía que hasta que no me quitaba el esmoquin, nosotros, ella y yo, no nos íbamos. Pero una noche muy extraña me vino a buscar al teatro la que luego se convirtió en mi mujer. Virginia entró en el camerino y luego se quedó entre bambalinas mirando el último número de la obra.

-    Y “Shiri” la siguió.

-    Hizo algo más que eso: salió al escenario y empezó a correr alrededor de nosotros con toda la felicidad del mundo. Nadie se enteró de que aquello no formaba parte del espectáculo, así que la integramos y fue un éxito.

-    Un día se accidentó y también pensaron que era parte del espectáculo.

-    Sí, fue terrible, fíjese en la cicatriz. Me corté con un serrucho y empecé a sangrar como un loco. Mis compañeros se asustaron y comenzaron a gritar pidiendo un médico entre los espectadores, que aplaudían como locos.

-   ¿Cuál ha sido el instrumento más glorioso de los 35 que han creado?

-   Construir el órgano de campaña fue todo un desafío. Un órgano de tubos como el de una iglesia pero que se lleva en una mochila. Los fuelles eran los zapatos, así que había que estar todo el rato caminando.

-   ¿Qué anda usted buscando?

-   No hay bienaventuranza más grande que poder hacer lo que a uno le satisface. A mí me encanta tocar el piano, cantar, actuar y escribir obras. No le pido más a la vida.