Relato de una noche...

No sería la primera vez que un miembro de Call-México fuera a Argentina. Tampoco la primera vez que se reunieran los fans de ambos países. Entonces, ¿qué tendría de especial esta KDD? Pues nada menos que el que quien sería el protagonista esta vez, era yo.

¿Cómo podría decirles lo emocionado que estaba? Es más, ¿cómo explicarles que los nervios y ansiedad me acompañaron desde que amaneció? Si bien toda la semana me la había pasado con la carga normal de mi trabajo diario, ese día, mis compañeros y colegas del IAE de la Universidad Austral, me recordaban a cada rato que esa noche sería “la noche de la reunión” que tanto había esperado. A pesar de estar terminando el programa para el cual había ido a colaborar, mi mente se encontraba unas horas más adelante. Mi jefe ya se había regresado a México y me había dejado encargado de estar presente en la entrega de diplomas y en el cierre administrativo del programa. A pesar de que es una actividad a la que estoy acostumbrado, esa tarde me pareció eterna. Sólo hacía cálculos mentales del tiempo que me llevaría ir desde Pilar hasta Martínez siendo que, ni conocía dónde estaba Martínez, ni tenía idea cómo llegar al teatro, y… no sabía cuánto me costaría que un remís me llevara.  Bueno, a fin de cuentas, sería una aventura interesante.

Estando en el hotel y esperando el remís, a una temperatura ambiental a la que no estoy acostumbrado dado que en el mes de agosto en México es pleno verano, las rodillas me temblaban cual maracas caribeñas. En constante diálogo conmigo mismo me reclamaba el estar tan nervioso. ¿Qué podría salir mal? ¿Acaso no estaba ya todo preparado? ¿No fueron Vale, Lauris, Felipillo y Sebas los que me habían hecho el enorme favor de arreglar todo? ¿No habíamos quedado de vernos en el hall del teatro para ver Todo Por Que Rías y luego ir a una cena?

Un vistazo rápido al reloj reforzaba mi situación de nervios extremos. La cita era a las 8 de la noche y… ya eran las siete y veinte.  Dado mi total desconocimiento de la distancia, tiempos de recorrido, que el remisero no llegaba, la desesperación hacía presa de mi incauta imaginación. Para colmo de males, era viernes en la tarde y eso en la ciudad de México significa llegar tarde a cualquier parte dado el tremendo tráfico. No puedo negar que las costumbres condicionan en cualquier parte del mundo.

De repente llegó el remís. Me subí cual alma correteada por espíritus chocarreros. De manera apresurada indiqué al chofer: “al teatro Bristol en Martínez”… y solté un suspiro de alivio. Pensé que ya todo era cuestión de relajarme, gozar el trayecto y admirar el paisaje. Cual sería mi sorpresa cuando, con esa tranquilidad que demuestran los que no saben lo que ignoran, el cabllero antes mencionado se voltea sobre el asiento, me mira frunciendo el entrecejo y me pregunta: “y eso… ¿dónde es?”

Jó. ¿Habré olvidado con exactitud dónde era? En mis correrías mentales ¿habría bloqueado la dirección? Sentí que el mundo entero caía sobre mis hombros. Ya no había tiempo de hacer alguna llamada telefónica. Es más, sólo tenía el número de Sebastián Masana y el de Sebastián Padilla que, muy seguramente ya se encontrarían en el teatro.

Pues yo que sé —alcancé a balbucear—  usted es de aquí, y yo soy extranjero. De lo que estoy seguro es que tengo que llegar, a más tardar, a las 8 de la noche. Si lo que tiene que hacer usted es investigar cómo llegar al Bristol … tiene 30 segundos para hacerlo. Había hablado. Me crucé de brazos y ensayé —creo que muy convincentemente— mi mirada más seria, serena pero firme.

El remisero soltó un gemido y puso en marcha el automóvil.  Unos metros más adelante tomó el micrófono de su radio y se comunicó con la central para hacer la consulta pertinente. Las indicaciones fueron llegando a cuenta gotas. Yo… miraba el reloj. Las siete y treinta.

A medio camino, el chofer cambió de actitud. Estaba interesado en la forma de vida que llevamos los mexicanos, cómo veíamos a la Argentina y su situación económica. Me sorprendió el tremendo conocimiento que tenía sobre nuestros políticos y sus planes de construcción de segundos pisos en el periférico. 

De vez en cuando le recordaba que mi cita era a las ocho de la noche. Y, como decimos por estos pagos, que le picara. Le hacia mucha gracia la expresión y se reía a carcajada abierta.

No se preocupe. Ya estamos por llegar. Sólo faltan unos cuantos kilómetros… y pasar una zona de tráfico.

Mal asunto. Yo estoy acostumbrado a pasar varias horas atorado en el tráfico. Desgraciadamente en el D.F. atravesar la ciudad es una aventura solo apta para los amantes de los deportes extremos o para aquellos que no han tenido la suerte de vivir cerca de su lugar de trabajo.  Llegar al periférico, en hora pico, para recorrer unos 15 kilómetros, significa salir con hora y media de antelación… y mi cita era a las 8 de la noche y no a las diez y veinte. Ya me estaba haciendo a la idea de tener que quedarme a las afueras del teatro esperando a que terminara el espectáculo y esperando que mis queridos amigos me reconocieran entre la multitud. Bueno, no sería difícil reconocerme ya que estaba forrado con una gabardina azul, temblando cual anuncio de gelatina y mirando para todos lados cual ratilla almizclera de las caricaturas de la Warner Brothers.

Para mi sorpresa, toda mi imaginería se derrumbó cuando, al dar la vuelta en una esquina, entramos a la avenida principal de Martínez y vi el anuncio espectacular del teatro. No salté de gusto por que el techo del remís me hubiera detenido en seco. Con tremendo agradecimiento y pagando mi cuota por la llevada, me bajé del auto y me dispuse a entrar al teatro. ¿O tenía que esperarlos afuera? Me asaltó la duda.

De repente miré por el ventanal de entrada y vi un grupo de personas cuyas siluetas y caras se me hacían familiares. ¿Serían ellos? Pues no estaba seguro de mi percepción. A esas alturas de la aventura ya dudaba hasta de mi propia existencia.

Haciendo acopio de un poco de valor, me acerqué cautelosamente. Mientras más me acercaba, más estaba seguro de que eran ellos. En unos segundos pasaron ante mi todos los correos electrónicos y sesiones de chateo por el Messenger. Estaba a unos cuantos pasos de poder darles varios abrazos a quienes hacía años tenía ganas de conocer en persona.

Busqué rápidamente entre mi archivo mental de frases inteligentes una que pudiera marcar indeleblemente ese momento. Una frase que todos pudieran recordar con cariño de la primera vez que coincidimos en un mismo lugar. Creo que mi búsqueda fue afectada por el frío ya que lo más inteligente que se me ocurrió fue decir: Y claro… uno viniendo desde México y ustedes aquí divertidos en tremenda plática. Definitivamente mi primer intento fue un tremendo y rotundo fracaso.

Las primeras en voltear fueron Lauris y Vale. La chispa en sus ojos y las tremendas sonrisas que me regalaron en ese momento todavía las tengo grabadas en mi mente. Felipillo me dio un abrazo enorme. Sebas un “quiubo manito” con ese acento tan argentino y una típica palmadita saca pulmones que tantas veces nos habíamos enviado por correo.  Rafman me recibió con un “te estábamos esperando, che” un poco tímido pero denotando una sincera preocupación. “Llegás a tiempo, casi estábamos por entrar. El espectáculo está por iniciar. Pensábamos que ya no llegabas”.

Los primeros tres minutos de nuestra reunión fueron… acelerados. Luego de tantos años, le poníamos voz y gestos a nuestra plática. Creo que en ese momento cada uno de nosotros entendió la forma que tenemos para decir chistes y comentarios graciosos. Poco a poco mis nervios se fueron aplacando y, gracias a Dios, también bajé la velocidad al hablar. Quería decir tantas cosas y tenía tan poco tiempo para hacerlo. Carlos Ravazzani y Pablo Maronna me explicaron todas las peripecias que había tenido que hacer Sebas para conseguir los boletos. Todavía faltaba que llegaran otros invitados: Marcelo Hernández, Sebastián y Gabriela (Gaby) Masana, Daniel Fleischer y Leandro Devecchi.

Al entrar a la sala, mis queridos amigos me hicieron sentir como si yo fuera el artista. Me sentía como en la transmisión del preámbulo de la entrega de los Oscares paseando por la alfombra roja. A pesar de que no todos los lugares estaban de manera contigua la comunicación entre nosotros fue constante. Fue divertido ver a otros espectadores con cara perpleja y seguramente preguntándose “y bué… ¿este tipo quién es? Le gritan desde el otro lado del teatro”.

Unos segundos antes del arranque, me tomé un respiro. Me acomodé en el asiento. No sería la primera vez que veía a los Maestros en vivo pero ahora los vería en su país, entre su gente y, mejor aún, yo estando junto a mis queridos amigos.

Del espectáculo ¿qué decir? Todo Por Que Rías es un show redondo e impecable. Las obras fueron fluyendo con una agilidad digna del trabajo constante y esmerado al que nos tienen acostumbrados. Los textos fueron celebrados por la concurrencia con carcajadas. ¿qué mejor premio para un trabajo bien realizado? Luego del Bis, los primeros en pararse a agradecer el espectáculo con el típico “bravo”, fuimos nosotros. Claro, no con esto quiero decir que el resto del teatro estuviera en desacuerdo con nuestra opinión. Si hubiera sido corrida de toros, de seguro les daban cabeza, rabo y vuelta al ruedo en hombros.

Al salir de la sala, poco a poco los grupos dispersos se aglutinaron. Más abrazos. Más frases célebres. Más comentarios acerca de la visita del Mexicano a tierras Argentinas. Me llamó la atención las miradas de complicidad que se intercambiaban Lauris, Valeria y Felipillo. ¿Qué estarían tramando? Por fin pude intercambiar mis primeras palabras con Marcelito Hernández y con Leandrillo. Más abrazos. Más comentarios.

Marcelo, haciendo gala de sus dotes políticas y su alto sentido de la oportunidad, me presenta formalmente a Sebastián y Gaby Masana. A Sebastián ya lo conocía vía correos electrónicos y con Gaby había tenido una animada plática por teléfono unos días antes. Pero verlos ahí, físicamente, compartiendo esos instantes, me caló hasta los huesos.

Sin darme cuenta, salió por la puerta de camerinos que da a la calle Don Carlos Núñez y Doña Virginia. Lógicamente, me quedé sin palabras. Hacía dos años que lo había saludado en el Auditorio Nacional de la ciudad de México y parecía que había sido ayer. Hubo preguntas sobre mi viaje y sobre mis comentarios a cerca del espectáculo. Pero me seguía llamando la atención que la gente que pasaba a nuestro alrededor siguiera teniendo esa expresión de curiosidad.

Leandro interrumpió la plática para indicarnos que debíamos ya ir al restaurante porque  nos estaban esperando. ¿Quedaba lejos? Pronto me respondí por que el local se encontraba a escasos 4 metros de donde estábamos. Al recorrerlo, pude ver las mesas que habían dispuesto en forma de L para que todo el grupo se pudiera sentar a compartir el pan y la sal. A Don Carlos y Doña Virginia les reservaron la cabecera de la mesa. A mi me apartaron una cerca de ellos. El resto se fue acomodando.

Lo primero que hice al sentarme… fue pararme. No por falta de respeto, no quiero que se entienda eso. Lo que me obligó a hacerlo era que llevaba regalos para todos. Pequeños detalles que, a modo de agradecimiento, quería darles por las molestias ocasionadas y por que deseaba que se quedaran con un pequeño recuerdo mío. De manera pausadamente acelerada, fui extrayendo de una gran bolsa blanca sobres que llevaban los nombres de los que sabía que asistirían a la reunión. Cada sobre llevaba, entre otras cosas, una carta que había escrito específicamente para cada uno.

Como puse el mal ejemplo, Lauris, Valeria y Felipillo, también fueron recorriendo todos los lugares pidiéndoles a cada uno que escribieran algo en un libro. Ahora el perplejo era yo. ¿Sería eso lo que habían estado tramando? Cuál fue mi sorpresa cuando se acercaron a mi y me extendieron un paquete que contenía el citado libro, un par de cd’s y una tarjeta. No era otra cosa que el espectáculo “Lo que me costó el amor de Laura”, el libreto completo y los discos. Lo más maravilloso era que estaba firmado por cada uno de los asistentes y por uno de los hombres sabios. Hoy en día, ese paquete se encuentra junto mis tesoros personales junto con lo que me regaló Don Carlos quien, con su inigualable capacidad para hacer sentir bien a la gente, me hizo el custodio de un tesoro apreciado por los luthierólogos. Algún día en el futuro, cuando abramos el museo de Les Luthiers, pondré en exhibición tal regalo. De verdad que no me esperaba tal encomienda... pero se la agradezco profundamente.

Empezaron a llegar los platillos de la cena. Estaba sabrosísima. Pero, como lo dijeran los cosmonautas rusos a los astronautas americanos en la cena de la misión espacial de la primer reunión espacial de ambos países… lo que más se aprecia no es la cena, sino con quien se comparte.

Llegó el momento de las fotos. Nos tomamos varias… fotos que quedarían para inmortalizar esos momentos. Algunas aderezan este escrito.

Desgraciadamente, el tiempo seguía su marcha y anunciaba el final de la reunión. Los primeros en irse, Don Carlos y Doña Virginia. Quedamos de acuerdo para vernos el próximo mes en la ciudad de México junto con todos los miembros del Call. No fue una despedida sino un simple, nos vemos después. El que ligó aventón con ellos fue Leandro.

Todavía nos quedamos unas dos horas más comentando cuanta cosa fuera susceptible de ser comentada. Fueron momentos maravillosos. Pero, eventualmente, cada uno se fue yendo no sin antes propinarnos una buena tanda de abrazos y, en caso de las chicas, darnos besos de despedida.

Al final, Marcelo, Daniel Fleischer, Sebastián, Gaby y yo, terminamos en una confitería de la esquina platicando, alrededor de una pequeña mesa, todos los planes y proyectos que la organización CALL tiene. Algunos ya se han completado y otros están en proceso.

Para las cuatro de la madrugada, el que tuvo que irse fui yo. Creo que ellos “la continuaron”. Pero yo tenía que regresar al hotel para terminar de arreglar mi maleta e irme al aeropuerto para regresar a mi querido México. Los cinco minutos que tardó el taxi en llegar por mi me dieron la oportunidad de no despedirme. Y digo no despedirme por que no quería hacerlo. Simplemente es un hasta luego que lleva consigo la amenaza de regresar en otra ocasión a continuar la plática.

Durante todo el tiempo de vuelo de regreso a México tenía momentos de reflexión profunda. Lo que había encontrado en Martínez fue una verdadera aguja en un pajar. Era increíble que a pesar de estar separados por medio mundo, fuéramos tan parecidos.

Un mes más tarde, yendo con Don Carlos y con Doña Virginia en mi automóvil a la cena del Call-México, les comenté lo orgullosos que deberían de estar por hacer que personas como nosotros, que de otra forma no nos conoceríamos, tuviéramos el tremendo honor de conocernos mutuamente y dejar de ser simples desconocidos para llegar a considerarnos como hermanos. No sé si coincidan conmigo, pero esto lo creo profundamente.

Gracias a Les Luthiers, yo por lo menos puedo decir que he dejado de ser un simple mexicano para convertirme en un Latino Americano.

Gracias Don Carlos y Doña Virginia por su amistad y confianza.

Gracias Daniel Fleischer, Sebastián y Gaby Masana, por creer que podía hacer el grupo Call-México.

Gracias Marcelito por tu amistad y cariño.

Y gracias Valeria, Lauris, Felipillo, Leandro, Rafman, Carlitos, Pablo y Sebas por darme la oportunidad y el gran honor de llamarme amigo. Para mí, ustedes son mis hermanos.

Eduardo Valero
Call-México

PD.- Todos ustedes saben que repetiremos la experiencia. Espero que también, algún día no muy lejano, lo hagamos en México.

Texto: Lalo Valero (con arreglos de S. Padilla).
"Diseño": Sebastián Padilla.
Fotos: cortesía de Valeria Dorza, Lalo Valero y Carlos Ravazzani.